Friday, July 27, 2007

El supermercado de don José, 6



Mi chico está cansado. Viaja más que el ministro de Asuntos Exteriores.

-Mara vino a buscarte a mi casa de Madrid. Quiere que hagas un reportaje en Gibraltar.
-¡Jamás! Hasta que Gibraltar no sea español legalmente yo no pongo allí mis lindos pies.
-Marta dice lo mismo.

Carlos se sienta en el sillón favorito de su abuelo y contempla la nueva decoración del salón.

-¿Qué hiciste con los libros?
-Los subí al trastero.
-Esta casa no tiene trastero, Sophia.
-Lo tiene el edificio de alado.
-¿Alquilaste un trastero para guardar los libros de mi abuelo?

Asentí.

Carlos me pide la llave.

-Encontré la caja fuerte del supermercado, amor. A ver si la abro esta semana.
-No cambies de tema, por favor. Dame la llave del trastero. Los libros son la herencia más importante que nos dejó mi abuelo.
-Pues ya no la tenéis. Repartí la herencia entre cientos de coruñeses anónimos: fui dejando libros por los bancos de los parques.
-Mi madre me mata.
-No se lo permito, amor. Me perteneces. somos pareja de hecho.
-Cuéntame eso.
-Estamos empadronados en esta casa.
-¿Cómo te atreviste, Sophia?

Los hombres no nos merecen a las mujeres. Encima que accedo a ser cajera-espía, pretende que viva ilegalmente en La Coruña.

-Yo soy de Vigo.
-¿Y qué?
-Un vigués nunca puede vivir en La Coruña.
-No seas aldeano, amor. Hay que ser ciudadano del mundo. Se es de donde se pace.
-Sí, como las vacas.
-No vi ninguna vaca por aquí, amor. Perros a montones. Hay uno en la terraza de enfrente que no me deja dormir.

Carlos no me escucha. Cuenta los libros que quedan.

-¿Qué hiciste con los obeliscos de mármol?
-No me hables de aquellos pedruscos. Llamé a cinco empresas de derribos y ninguna quería arrancarlos del salón. Al final, el cerrajero consiguió quitarlos a golpe de martillo sin electrificar.
-¿El cerrajero?
-Vino a poner una cerradura más en la puerta. Un piso en el centro de una ciudad no puede tener una única cerradura.
-Los obeliscos de mármol los había comprado mi abuelo en Nueva York.
-Eran feísimos. Ahora están reciclados en adoquines.
-Si lo sabe mi madre, muere.
-Pues no se lo digas.

Lo que más me fastidia de mi chico es lo enfaldado que está. Sólo piensa en su mamá, y no hay manera de destetarlo.

Wednesday, July 18, 2007

El supermercado de don José, 5

Don José supervisa todos los supermercados de la cadena. Cuando no está, hay mejor ambiente en el súper, sobre todo si Dianita anda a lo suyo, es decir, a comer y vomitar.

-No puedo evitar probar todo lo nuevo -nos confiesa-. Ésto lo pago luego.
-Por mí como si no lo pagas.

Me mira horrorizada. Que duden de su honradez nata, la ofende.

Carlos quiere que me haga con las copias de seguridad de la contabilidad.

-Don José tiene que tener los discos guardados en su despacho.
-Seguro que la contabilidad B la lleva a mano.
-Tú busca los discos, Sophia.
-¿Y si está en el disco duro del ordenador?
-La pasas a un CD y me la traes.

No puedo entrar en el despacho del jefe: está cerrado con llave.

-Qué buscas ahí? -pregunta Dianita.
-Billetes de cinco euros.
-Yo te doy.

Dianita saca un fajo de billetes variados y me da unos cuantos. Los cuento y le doy un billete de cincuenta. Tengo billetes de cinco euros para el resto del día.

Estoy contando los céntimos que se empeña en entregarme una señora cuando suena mi móvil. Dianita salta de su caja, introduce su mano en el bolsillo de mi uniforme y contesta la llamada. Me vienen ganas de matarla. Si me contengo es porque hay testigos.

-¿Sophia?... Sí... ¿Con quién hablo?...

Tiro en el cajón los centimitos y le arrancó el móvil. Es Mara. Anulo la llamada y continuo cobrando.

-Creo que era tu madre.
-Crees mal.

Dianita le dice a sus clientes que se vengan por mi caja. Pretende interrogarme delante del grupo más numeroso de cotillas que vi en mi vida.

-Los hijos son unos maleducados. Mira que colgarle el teléfono a una madre...
-Primero es el trabajo.
-Esta es mi vecina del quinto.

Me van a volver loca. Recurro al método de escape habitual.

-Voy al baño, Diana.
-Tienes que acabar de cobrar.
-No aguanto tanto.

En la trastienda, un reponedor coloca la mercancía recién llegada.

-¿Son esos los albaranes?
-Se los dejo aquí a don José.
-Hoy no está.

El reponedor se encoje de hombros. Deja los albaranes sobre un pale y se va con el repartidor de leche de Feiraco.

¿Habrá una caja fuerte en la trastienda? Le doy una patada a la pared y suena a ladrillo. El zócalo golpeado suena a madera. ¿Y detrás del calendario? Lo aparto y encuentro la caja fuerte. Silbo. Allí debe estar la contabilidad B guardada.

Tuesday, July 17, 2007

El supermercado de don José, 4

Carlos lee mis informes como si fueran la Biblia, pero le disgustan las fotos.

-Esto es un delito, Sophia. Incumples el derecho constitucional a la propia imagen.
-Si les pido una foto, me la niegan, amor.
-Lógico. ¿Cómo se van a dejar fotografiar tomando un desayuno digno de un inglés?
-Pierden dos horas cebándose con pinchos variados. Don José cuando no me riñe, come, y Dianita pasa horas y minutos contemplándose en un espejo que hay en la trastienda: se cree muy guapa.
-¿Y este dvd?
-Ah... es el vídeo que grabé. Nada importante, amor. Sólo una pataleta de una vieja porque Dianita había marcado tres veces una caja de galletas María.
-¿Quién es Dianita?
-Un bicho odioso.

Le conté a Carlos las hazañas de la cajera favorita del encargado del supermercado.

-Todos la temen, amor. Si no le gusta un compañero, hace lo imposible para echarlo. Me contaron que a una compañera la acusó de robar chocolatinas, y a un reponedor lo acusó de mangar frascos de colonia barata. Don José los despidió.

Carlos no me escucha. Ha encendido el portátil y teclea números. Sólo le interesan los resultados.

-Tienes que preocuparte por el ambiente de trabajo de las empresas que financias.
-Creo que me preocupo.
-Obligalos a despedir a Dianita.
-¿Por qué? ¿Por que te cae mal?
-Porque es una mala persona, amor.

Carlos se ríe. Yo no encuentro la gracia, sólo he encontrado una mala persona con cabeza de rizos y cara de niña mimada. La odio.

Thursday, July 12, 2007

El supermercado de don José, 3

En el supermercado me recibió el encargado. Era un hombre con gafas de intelectual y cara de antiguo patrón.

-Así que tú eres la que envían de la Central

Recordé que la Central era el superalmacén desde donde repartían la mercancía a todos los establecimientos.

-Me encantaría empezar hoy mismo a trabajar, José.
-Señor José, señorita Sophia.
-Señora Sophia, señor José.

El hombre abrió los ojos como platos, examinó mi mano derecha y, al no descubrir una alianza de esposa, repitió "señorita Sophia" con una sonrisita machista.

Mañana vengo casada, me dije. Si era cosa de anillos, yo estaba dispuesta a anillarme hasta los dedos de los pies.

No me dejaron cobrar. El buen hombre me puso de estatua viviente al lado de la primera cajera.

-Hoy miras, mañana cobrarás tú de diez a doce de la mañana para ver como lo haces.
-¿Qué haré en el resto de las horas?
-Tienes media jornada sólo.

Mejor. Necesito tiempo para mí. Estoy poniendo la casa de la familia de Carlos a mi gusto. Ya llevé todas las sábanas blancas a Cáritas.

-¿Son de un muerto? -preguntó la mujer que recogía donativos.
-Son de un difunto, señora, pero están limpias.

La rubia cincuentona dijo que las pusiera en una esquina de la estancia.

-Puede tocarlas, señora.

No las tocó ni me dio las gracias.

No vuelvo a llevar nada más a Cáritas. Los libros los repartiré por los parques de La Coruña para que sean recogidos por los entusiastas lectores de los clásicos.

En la cola se montó una tángana por un "yo estoy primero". ¡Qué prisas para pagar! Don José salió de su despacho-oficina y puso orden. Primero iban los carros más llenos y después los más vacíos.

-¡Abran otra caja! -chilló una anciana de carro vacío.

El jefe me mandó a la trastienda a buscar a otra cajera.

-Sólo puedes tomar un café.
-Venía a decirte que te tienes que poner en la caja; lo dice don José.
-Mentira. Lo dices tú.

Aquella quería guerra. La dejé con sus batallas y regresé a mi puesto de estatua viviente.

Thursday, July 05, 2007

El supermercado de don José, 2



Llegamos a La Coruña de noche. Carlos maldijo a todos los aviadores por desviar nuestro avión al aeropuerto de Santiago.

-Amor, no te pongas así. Estamos aquí sanos y salvos.
-Sí, con un coche alquilado, una hora de autopista y un retraso de cuatro horas más.

Cuando entramos en el piso de la familia de Carlos, lancé un grito de horror. Yo no podía vivir rodeada por tantas fotografías y libros.

-Me niego a vivir aquí.
-Hice un hueco para ti, Sophia.

El hueco resulto ser un tercio de vivienda libre de fotos familiares, pero no de libros.

-En esta casa guardamos los cinco mil libros de mi abuelo -se excusó.
-¿Cinco mil? Deben ser cincuenta mil por lo menos. No hay un trozo de pared libre de estanterías.
-En tu dormitorio no hay libros.
-Este sillón de orejas no lo resisto. Sacalo de mi habitación.
-Lo compró mi abuelo en Londres.
-Como si lo compró en la Conchinchina.

Empujé el horroroso sillón fuera de la habitación. Chirriaba sobre el parquet como un animal hacia el matadero.

-¿No puedes ayudarme?
-Era el sillón favorito de mi abuelo antes de morir.
-Ahora debe ser el favorito de su fantasma a juzgar por lo que pesa el condenado trasto.

Eran las dos de la mañana y aún no nos habíamos acostado.

-¿Por qué no quieres las sábanas, Sophia?
-Porque son blancas, amor. Yo necesito sábanas de colores para poder dormir. Ayúdame a hacer la cama.
-Mañana la hace la asistenta.

Es imposible educar a un hombre cuando la madre no educó al niño. Hice la cama si ayudas con las sábanas que siempre llevo en mi maleta. Cuando acabé, Carlos dormía en el salón tumbado en el suelo entre dos obeliscos de mármol.

Monday, July 02, 2007

El supermercado de don José, 1

-Eres una niña, Sophia. Te despides de dos trabajos antes de encontrar otro.

Miré a Carlos como si fuera un extraterrestre o si yo fuera la extraterrestre que miraba la humanidad sin entenderla.

-¿De qué vas a vivir?
-Tengo ahorros.
-¿Hasta cuando te durarán?

Iba a decirle "hasta que nos casemos", pero calle. Carlos no quiere casarse. Su meta es ser tan rico y famoso como los empresarios de la lista Forbes.

-Necesito una persona de total confianza para trabajar en una empresa que estamos financiando. Te cuento de que va la cosa.

Me senté en el sillón recién tapizado. ¿Cuántos años tardará Carlos en ser rico y famoso? Cuando lo sea, en vez de tapizar los sillones viejos, los tirará y comprará nuevos muebles para la sala de estar.

-¿Me escuchas, Sophia?
-Sí, amor.
-¿Qué decía?
-Pensaba si tirarás los muebles viejos cuando seas rico y famoso.
-¡No me jodas!
-Si quieres...

Carlos se acercó a un escritorio más antiguo que Matusalén, sacó de un cajón un informe y me lo tendió.

-Uno de nuestros clientes está falseando las cuentas. Es imposible que no obtenga beneficios.
-¿Y tú quieres que yo te haga de espía en esta empresa? -pregunté.
-Exactamente.

Sería interesante, pensé. Se trataba de una cadena de supermercados de ámbito general. La cuenta de resultados arrojaba una ligera perdida. Nada importante, pero siempre preocupante para un inversor.

-Podrías ser cajera.
-¿Tendría que reponer?
-No entiendo.
-Las cajeras, en los supermercados pequeños, colocan los productos en las góndolas.
-No lo sabía.
-Diles que yo sólo cobro, amor. No tengo fuerza para mover grandes pesos.

Carlos dijo que a él sólo le interesaba que controlara la facturación.

El dueño de los supermercados quería declararse en suspensión de pagos y él necesita asegurar la inversión de su empresa.

Friday, June 29, 2007

Bye bye vida antigua




En la redacción de la revista "Miss", Marta se paseaba con un triquini verde botella cuya luna en pedrería enmarcaba su feo ombligo.

-Mejor con el bañador. Cambiate, Marta.

La madre de Pablito no estaba por el cambio. Con las manos en la cintura, seguía con su desfile ante un Ambrosio derrotado en un sillón.

-¿Echas de menos a Yolanda?
-¡Calla! -chilló Marta- Hay que animarlo, no recordarle a la que lo abandonó.
-Yolanda no me dejó. Simplemente marchó para su tierra. Dice que es la poeta del silencio.

Pablito apareció en escena. Prohibió la tristeza y nos animó a seguir trabajando.

-En Galicia está El Dorado. Allí hay una ciudad de oro gobernada por un hombre dorado.
-Este niño está loco -dijo Mara-. Lo tienes que llevar al psiquiatra, Marta.
-Los genios son así.
-La poeta acabará bañándose con un cacique en una laguna de oro.

Ambrosio se levantó hecho una furia. Gritó que delante de él nadie hablaba mal de Yolanda. Marta palideció; le pidió a su hijo silencio, pero Pablito está trastornado por los fantasmas de los conquistadores de América y no puede callar.

-Si hubierais leído los libros de Marco Polo creeríais la historia del cacique se bañaba en oro como ofrenda a los dioses divinos. Los españoles del siglo XIX la creían.
-Yo creo que tengo un reportaje de la firma Lenny pendiente -dijo Mara-. Sophia, el triquini flúor es tuyo, amor.
-Eso es un taparrabos. Necesita tres tallas más, profe Sophia.

¿Me estaba llamando gorda?... Corrí a probarme el minúsculo biquini color amarillo limón. Respiré aliviada cuando comprobé que lo podía poner sin romperle las costuras. Entonces recordé que estaba cambiando de estilo vital. Quité el biquini y marché sin despedirme.


Thursday, June 28, 2007

Un regalo de niño


La directora del instituto Mirasierra está furiosa porque les di un generoso aprobado general a mis alumnos.

-Ni Macarena hizo tal disparate académico jamás. Los padres llaman todos los días protestando -se lamentó.
-¿Querían que sus hijos suspendieran? -pregunté asombrada.
-Digamos que no les gusta un aprobado general que iguale a los niños vagos con los niños aplicados. ¿Cómo crees que se siente un alumno de sobresaliente al ver a los malos estudiantes con un notable? Desmotivado.
-Eso es envidia, doña Manolita. Es envidia de la peor: los ricos envidiando a los pobres.
-Eres peor que Macarena.

Le dije que la "peor" profesora del instituto Mirasierra sería siendo la profe chachi. Yo me voy. Quiero iniciar una nueva experiencia vital.

-Eres una inmadura.
-Gracias, doña Manolita.
-¿Gracias?
-Sí, gracias. No hay mejor alabanza que un insulto. Los insultos son adjetivos muy sinceros.

En la puerta del despacho de doña Manolita me esperaba Pablito.
-Tengo un regalo para ti, profe Sophia.

Me entregó un paquete envuelto en papel de regalo.

-¿Qué es?
-Ábralo.

Con manos temblorosas deshice la lazada amarilla. Un regalo de Pablito puede ser cualquier cosa. Esta vez fue una brújula.

-La necesita para orientarse en la búsqueda de El Dorado. En América nuestros conquistadores no lo encontraron, pero usted entrará en la selva de la vida y saldrá victoriosa.

Pablito me miraba como si yo fuera una diosa. Nunca más lejos me sentí de la divinidad encarnada en mi persona. Tampoco nunca me sentí tan ridícula. ¿Estoy buscando El Dorado?...

Thursday, June 21, 2007

Cambios de vida

He decidido dejar mi trabajo de profesora funcionaria en el instituto Mirasierra. Siento que no disfruto de la vida y no quiero perderme sus mejores placeres.

Se lo dije a Mara esta tarde.

-Perfecto, Sophia. Estoy organizando el mes de las faldas. Te necesito.
-Stop, querida Mara. Mis planes son otros.
-¿Hay un plan mejor que posar con faldas años 50 para la revista "Miss"? Esta falda tubo negra es perfecta para una mujer segura.
-Nada de faldas negras y menos de tubo.
-De acuerdo. Prueba una falda evasé.

Mara acaba liándome siempre. Pasé cuatro horas vistiéndome y desvistiéndome. Ambrosio y Gregorio fotografiaban todo el vestuario de las décadas pasadas.

-La moda es muy repetitiva -decía la directora de la revista "Miss"-. El escote cuadrado lo llevaba Audrey Hepburn en su mejor época.

Me pregunté en qué época vital estoy yo. Soy una chica con novio sin planes de futuro. Un ramalazo de ira interior me asaltó.

-Tengo que llamar a Carlos.
-Espera, Sophia, estamos acabando.
-Ahora mismo lo llamo.

El móvil de Carlos comunicaba.

-Pon la rebeca blanca.
-Estoy intentando hablar con mi chico.
-Ya hablarás más tarde con él.
-Espera... Tengo un mensaje de Ena.

La profe chachi decía que nuestros alumnos no habían ganado el concurso de redacción de los minutos. No me importaba. Borre el mensaje. El siguiente SMS era de Yolanda.

-Dile a Mara que dejo la revista "Miss" y regreso a Galicia -leí-. Nuestra poeta nos deja, Mara.

Ambrosio se dejo caer en una silla como un zombi.

Tuesday, June 19, 2007

Alumna de la vida

No me gustan los finales. Estamos en los últimos días de clases y me deprimo. Casi no puedo hablar. Un nudo me oprime el estómago.

-¿Está afónica, profe Sophia?

Oigo a Pablito en un eco que sé que no es un eco. Son las voces chillonas de sus compañeros de pupitre. Hablan del Real Madrid.

Tengo que decirles que se callen. Exigirles respeto a la Historia.

-No nos hable de la Revolución Francesa, profe. Preferimos oír a Pablito.

Pablito continua en la conquista de América. Monta un acalorado debate sobre la Inquisición. Creo que tengo fiebre. No, yo no quiero ser profesora toda mi vida.

Bebo un tragito de refresco de limón Font Vella. Está caliente. Voy a tener que traer una nevera portátil para poder tomar una bebida fría que alivie mis sufrimientos de profesora.

-Pase la lata, profe.
-Respetame, chaval. Yo no soy una colega.

Pablito salta en mi defensa. Dice que soy como los conquistadores españoles: cometo menos abusos que otros profesores. Deben dejarme beber refrescos de Font Vella.

-Gracias, Pablito.
-Le recomiendo que pruebe la lata de Font Vella sabor melocotón. Si no lo hace, le diré a la directora que bebe en clase.
-No me amenaces.
-Haré como Fray Bartolomé de las Casas: le enviaré una carta de protesta a doña Manolita como si ella fuera el Rey de España.
-Querrás decir reina.
-Rey -insistió Pablito-. Doña Manolita es tan mala como un dictador, y todos los directores son hombres.

Me atraganto. Gracias a que el refresco de Font Vella no tiene gas, no me mata la tos.

-Si tomara Coca Cola no tosería, profe -dice una voz en el fondo de la clase.

Pablito defiende las ventajas de mi refresco sin azúcar.

-Mi padre, que es como los dos Reyes Católicos juntos, me ha dado órdenes de tratar bien a los fabricantes de agua con sabor a refresco. Os obligo a comprarme una botella.

Pablito saca de su mochila varias botellas de refresco Font Vella con sabor melocotón.

No pudo haber elegido peor momento. Doña Manolita entra en el aula hecha una furia.

-Se oyen los gritos en mi despacho, Sophia. ¿Qué hacen estos niños bebiendo en clase?... ¿Y tú?
-Tenga una botella, doña Manolita. Pruebe el exquisito refresco de melocotón.

La directora echa las manos a la cabeza, destroza su peinado de rizos, grita. Mi cabeza da vueltas . Vuelvo a beber y empiezo a ser otra. Esto es vida, me digo. Ni una caloría. Le quito a Pablito la botella de las manos.

-¿No tienes una lata?
-Tengo la botella grande.

Decididamente la Font Vella refresco está mejor en lata.

-Es usted víctima del marketing, profe Sophia. Prefiere las latas porque tienen un envase más llamativo.

Se equivoca Pablito. Yo sólo soy víctima de un destino que no me gusta. Un destino que no se arregla bebiendo agua edulcorada sin azúcar, con sabores variados y cero calorías. Tampoco se arregla con el sermón que me echa doña Manolita.

-Recuerda que eres profesora.

¿Soy profesora? No, yo soy una alumna de la vida. Aún no he dejado de ser aprendiz de mis errores.



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Monday, June 11, 2007

Cita recuperada

Foto

Teníamos que hablar. Nuestra relación se ha convertido en un río de sentimientos que nunca alcanza la meta del océano. Salí de la redacción de la revista "Miss" hecha una furia. No, aquel enfado mío no lo iban a arreglar los besos de Carlos.

Llegué a su casa de Madrid saltándome varios semáforos y metiendo mi coche alquilado por un para de calles en dirección prohibida. Lo sentí por los de Tráfico: no podían conducir por mí.

Carlos estaba enchufado a la televisión y a un yeso.

¿Qué te pasó, amor?
-Un accidente.
-Conducen como locos. El carné por puntos no arregló las locuras que hacen en la carretera los chalados de siempre.

-Fue un accidente laboral, Sophia. El portero de la finca estaba fregando las escaleras y resbalé.

Me vinieron ganas de ir a matar el portero. Mi chico tenía una pierna rota por culpa de unas escaleras fregadas en horario de oficina. Apagué el televisor. Teníamos que hablar. Yo quería denunciar al portero, pedirle una indemnización por un delito de viudez en grado de tentativa.

-Trae para aquí el mando, nena. Echan "House" en la Cuatro.

En el televisor de plasma apareció Gregory House subido a una moto de gran cilindrada.

-Me encanta ese tipo.
-¡Por Dios! Es un machista borde.
-No lo entiendes, Sophia.

¿Cómo no lo voy a entender? Yo a un tipo como el doctor House no le daba trabajo ni de barrendero. Lo enviaba directamente a galeras. Y encima es médico. No aguanto a los médicos. Cuando el monstruo llegó al hospital, volví a apagar el televisor.

-¿Qué dices, nena?
-Si veo una camilla, me desmayo.
-Contente, Sophia. Hoy no estoy para cogerte en brazos.

No le dejo ver "House". Tiro el mando y, en vez de encestar en el sillón de orejeras, encesto en el suelo. Carlos se levanta furioso.

-¿A qué vienes tú aquí?
-Hoy creo que a hacerte la cena. Llama a los bomberos por si mi paella termina en incendio.

Carlos dice que no puede más, que lo vuelvo loco, que ojalá fuera el doctor House.

-Debería decirte lo que estoy pensando, Sophia.
-No te atrevas, amor. Yo puedo decir una barbaridad peor.
-Necesitas un hombre como House.
-En este momento casi lo tengo, amor. Tienes barba de tres días, vas despeinado, esa camisa tiene más arrugas que una sábana centrifugada, pro no hablar de los pantalones que...
-Que me compraste tú en los chinos -me interrumpió.
-Sabes que soy tacaña.

Mi chico intenta recomponer el mando a distancia. No tiene arreglo. Las pilas no encajan.

-Voy a ver la tele a la habitación. No te acerques, nena.

Carlos se aleja cojeando. Entonces recuerdo lo del portero.

-¿Denunciaste al friegasuelos?
-Déjame en paz, anda.

Cuando oigo al doctor House me vuelvo a revolucionar. Dejo la paella haciéndose y me me dirigo a la habitación decidida a ponerle fin a otro mando a distancia.

-¡Quieta! -grita Carlos-. Has ganado. No hay más "House" por hoy.
-¿Lo tienes en dvd? -pregunto sorprendida al verle quitar la cinta.
-Sólo trae veinticuatro capítulos.
-Los de la Fox son unos peseteros y tú eres un adicto. Con lo que echan en la Cuatro debería bastarte.

Mi chico vuelve a decirme que no lo entiendo. Me explica las similitudes del doctor borde con Sherlock Holmes y yo sólo encuentro diferencias.

-Es paternal.
-¡Mentira! Es un torturador, un bruto, un maleducado, un...
-Es un buen médico del hospital de Princeton.
-Ojalá te curara a ti esa pierna para que supieras lo que es un matasanos.

Carlos puso cara de pena. Pobrecito mio. Le dolía el menisco roto. Lo abracé olvidándome de todo. Íbamos por el quinto beso cuando me dijo que olía a quemado. Era la paella. No necesitamos los bomberos, pero casi. El arroz estaba negro marrón ceniza. Gracias a un repartidor de pizzas pudimos cenar.

Monday, June 04, 2007

Neófita en los dolores de estómago

Auto de fe pintado por Pedro Berruguete en 1475
 
 -Te voy a someter a la Inquisición, Pablito -lo amenazó Mara-. Acabas de dejarme sin mi modelo más valiosa.
 -La Inquisición también llego al Nuevo Mundo, Mara, pero no le exigió a los indios una ortodoxia pura porque eran neófitos en la Fe.
 
 Yo era neófita en los dolores de estómago. Una nueva arcada me llevó al baño. Volví a pensar que la mía no era una vida digna. Necesitaba un marido rico. Si Carlos no quería casarse, buscaría otro.
 
 -Pon las sandalias de Min Min, Marta.
 -No me gustan nada para el vestido de chiffon plisado.
 -Te recuerdo que aquí mando yo.
 
 Marta frunce el entrecejo. Calla porque necesita el trabajo, y viste la americana de punto que le tiende Mara.
 
 -Este brazalete de plata es de una princesa india.
 -¡Calla, niño! La plata envejecida se la compré a Suárez. ¿Te gustan los zapatos de raso de Prada, Sophia?
 -Preciosos.
 -¿Cómo te encuentras, querida?
 -Necesita que la conviertan al cristianismo, profe Sophia. En América fueron los franciscanos, jesuitas y dominicos los que llevaron a buen término la hazaña de la conversión de los indios. Les fue relativamente fácil, ¿sabe por qué?
 
 La directora de la revista "Miss" le dice a Pablito que me deje en paz. Pablito sigue con su monólogo. Por si no lo sabíamos, nos cuenta que los indios americanos tenían religiones políticas que acababan al caer el poder político.
 
 -Cuando te quitan un dios, te ponen otro.
 
 El móvil puso un dios humano en mi oreja derecha. Me llamaba mi chico para cancelar nuestra enésima cita.



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Tuesday, May 29, 2007

La madre del socio

EFE - Colección de la marca Prada

¿Cuánto tardan en enterrar a una persona? Con la madre del socio capitalista de mi chico llevan una semana intentando enterrarla. Primero necesitó una autopsia, después esperaron por la familia que reside en el extranjero para empezar a hacerle funerales y hoy empiezan con la novena.

-Amor -le dije a mi chico-, no deberías meterte en asuntos que te son ajenos. Es Alberto quien debe rezar por su madre.
-Es un asunto de empresa, Sophia. La herencia será invertida en la ampliación de capital de nuestra empresa.

Le di muchos besos y colgué. Mi empresa me reclamaba. Mara estaba ante mí sujetando un vestido de Prada como una mujer percha. Me desvestí y enfundé aquella joya de trapo.

-Ese vestido morado me queda mejor a mí, Mara -protestó Marta.
-A ti te vestiré de Valentino. La seda duquesa en falda de vuelo la luce mejor Sophia. Querida, da media vuelta. Perfecto. Ambrosio, cielo, toma un primer plano de los zapatos marrones de raso. Ese cinturón de piel no me convence...

Pablito dejo sus deberes y volvió a acompañarme con las conquistadoras de América. Tapé los oídos. La directora de la revista "Miss" chillaba.

-¡Así no, Sophia! Pareces una viuda. Un vestido morado se estropea haciendo gestos histéricos.

¿Qué vida era aquella?
Empecé a reflexionar sobre mi presente y ansíe un futuro distinto.

-Te casarás varias veces, profe Sophia, igual que doña Inés Suárez. Primero se casó con Juan de Málaga, uno de los marineros de Pizarro, y después convivió con el comendador Valdiviar.
-Se arrejuntó -lo corrigió Marta.
-Pensé que eras católica -comenté.
-Soy una pecadora católica.

Entendí que su pecado era desear a Ambrosio. Marta seguía con atención el discurso de su hijo. ¿Se vería reflejada en Inés Suárez? No creo. Más bien le gustaría irse con Ambrosio, aunque fuera de criada de su numerosa familia.

-Las mujeres necesitan un hombre, profe Sophia. Inés ya tenía encomienda propia, pero siguió a Valdiviar hasta Chile. ¡Pobre Inés! Los indios comieron a Valdiviar.

Corrí al lavabo. La comida de todo el día inició el camino contrario del aparato digestivo abierto por el canibalismo que dejó a Inés Suárez viuda por segunda vez.



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Friday, May 25, 2007

Cenando sola

 
  Antes de llegar a la redacción de la revista "Miss", nos enteramos de que Mencía Calderón llegara al Mar de Plata con cincuenta mujeres, una vez pagados los rescates en África y tras sufrir dos años de cárcel en Brasil por denunciar el tráfico de esclavos de los portugueses.
 
 -Ahora que te aguante tu madre, Pablito.
 -Espere, profe Sophia.
 
 Llamé al quinto derecha. Parecía que había que esperar.
 -Sube, Sophia -me dijo Mara por el telefonillo.
 -¿Está Marta?
 -No, querida.
 
 ¿Qué iba a hacer con Pablito? Llevárselo a la jefa.
 
 Mara estaba mirando la ropa de la siguiente sesión fotográfica.
 
 -Vienes llovida del cielo. Acaba de llegar Gregorio, y podemos hacer ahora el reportaje de Prada.
 -Imposible. Tengo cena de velitas con mi chico. Te dejo este niño traviesto que se coló en nuestro coche y me voy.
 
 Cuando llegué al portal aún oía los gritos de Mara. ¡Pobre jefa! La compadecí.
 
 Carlos estaba hablador. Los hombres felices son encantadores: te cuentan su vida y te prometen el universo.
 
 -¿Sabes que somos gacela?
 -Ahora me entero. ¿Cuánto facturasteis?
 -Yo miro los beneficios netos, Sophia. Cerramos con mil millones de euros limpios de polvo y paja.
 
 Antes de que pudiera pasar los euros a pesetas para enterarme de la cifra, sonó el móvil de Carlos. Era su socio. Mi chico le decía "ahora voy". Lo abracé como un naufrago abraza la tabla de su salvación.
 
 -Tú no me dejas.
 -Comportate, Sophia. Tenemos que aplazar la cena. Ha muerto la madre de Alberto.
 
 Miré los langostinos con pena. No, yo aquella mariscada no me la perdía. Le dije a mi chico que pagara la cuenta. Yo comería la fabulosa cena sola.
 



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Wednesday, May 23, 2007

No faltan problemas

 
 Los problemas nunca faltan en el instituto Mirasierra. Lo dice doña Manolita y tiene razón. Las ursulinas han llamado de nuevo quejándose. Una alumna suya se ha echado a perder.
 
 -Con doce añitos -me cuenta doña Manolita muy apenada- dice palabrotas.
 -¿Tacos?
 -Sí, querida.
 -Camilo José Cela los dijo toda su vida y le dieron el premio Nobel.
 -No hagas comparaciones absurdas, Sophia. Camilo era un genio.
 -¿Quién le dice que esa niña no lo es también?
 
 Descubrí la primera genialidad de la muchacha cuando salí. Estaba ligando con mi chico.
 
 -Largate, nena. Éste es mi novio.
 -¿Es tu novia, Carlos?
 
 Carlos sonreía. Los hombres siempre ríen cuando te ponen los cuernos. Agarré a la colegiala por un brazo y la aparté de la ventanilla.
 
 -¡Quitame tus asquerosas manos de encima! -gritó.
 
 Aquella quería pelea. Le dí un empujón y me metí en el coche.
 -En marcha, querido.
 
 Mi chico conducía a diez por hora. Miraba más el espejo retrovisor que la carretera que tenía delante.
 
 -Si no quieres conducir, conduzco yo.
 -Las mujeres no sabéis conducir.
 -Y los hombres no sabéis conduciros.
 -Explica eso.
 -Os vais detrás de la primera falda que encontráis. Acabo de evitarte la tentación del delito.
 
 Un estornudo casi nos mata del susto. Carlos frenó en seco. Yo me incliné sobre el asiento y encontré una cabeza rubia con ricitos muy conocida.
 
 -¡Pablito! ¿Qué haces en el coche de mi chico, condenado?
 -Asistir a la conquista de su chico por Amahía. Me recordó a Mencía Calderón, la mujer de Juan de Sanabria.
 -¿Dónde está la madre de este niño, Sophia?
 -De conquista también. Le gusta Ambrosio, nuestro fotógrafo, y va todos los días a contemplarlo.
 -Llamala. Hay que devolverle al crío.
 
 Busqué el número de Marta. Pablito hablaba de Mencía Calderón y yo me ponía nerviosa.
 
 -No tiene nada que hacer, profe Sophia. Amahía tiene madera de capitana como la tenía doña Mencía. ¿Sabía que capitaneó la expedición de su difunto esposo hasta el Río de la Plata? Amahía capitaneará a su chico hasta el matrimonio.
 -¡Dios me libre!
 -No la librará, profe Sophia. Hacen buena pareja. Amahía, igual que doña Mencía, tiene dinero para pagar rescates a los piratas franceses en África.
 -Apresurate, Sophia. Este niño me vuelve loco.
 
 Yo seguía sin encontrar el número de Marta. Cuanto más hablaba Pablito de las similitudes de la alumna del privado con Mencía Calderón, más nerviosa me ponía.
 
 -Doña Mencía viajaba en la nave San Miguel, Amahía viajará en este coche.
 -¡Mierda!
 -Ha dicho una palabrota, profe Sophia. Se lo voy a decir a doña Manolita.
 -Dile también que acabo de borrar toda la agenda de mi móvil.



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Tuesday, May 15, 2007

Moda inca unisex


Las obras de ampliación del colegio Miraflores siguen sin novedad. Ena también continua con sus protestas pacíficas. Intenta, sin mucho éxito, que me sume a su campaña de pancartas.

-Ese abrigo rojo que llevas hoy es perfecto para bordar unas cuantas palabras.
-Giorgo Armani no contempló tal cosa en su diseño.
-¿Con ese vuelo estilo capa? Vamos a probar.

Ena saca de su bolso un costurero de viaje. Escapo de la sala de profesores y la dejo con la aguja en la mano.

Fuera me espera Mara con su nuevo coche. Afortunadamente las cosas van mejor en la revista "Miss"

-Pablito, ¿qué haces aquí?
-Mi madre también va a participar en el reportaje fotográfico.

Me empieza a doler la cabeza. No sé si temo más a la madre o al hijo. Pablito aún no curó su obsesión con los conquistadores de América. Mara conduce inmune al relato de acontecimientos históricos. Mi cabeza estalla. Estoy de empresas de rescate, capitanes, encomiendas de indios, reyes y demás tropa hasta el moño.

Cuando llegamos, Mara le dice a Pablito que vaya para el despacho de Yolanda. ¡Pobre Yolanda! ¡Lo que la espera!

-Sophia, quita el abrigo. Ambrosio, por favor, saca un primer plano de las leggins de Max Mara. No me gustan nada las bailarinas de Christina Lacroix...
-A mí no me gusta nada este niño.
-Yolanda, estamos trabajando.
-Yo también, Mara. Niño, quedate aquí.
-No me llamo niño. Soy Pablo, el gran inca.

Yolanda regresa a su despacho dejándonos al gran inca.

-¿No tienes modelos masculinos, Mara? -pregunta Pablito.
-Me has dado una idea genial. Ambrosio, ponte el traje Dolce&Gabana que hay en esa bolsa.
-Parece que está usado.
-Está limpísimo. Lo acabo de recoger en la lavandería.

Ambrosio se viste de Dolce&Gabana. Está atractivo. Marta suspira. Le gusta Ambrosio.

-¿Por qué no hacéis un reportaje sobre los conquistadores de América? Yo podría disfrazarme de Pizarro. Alquilaríamos un barco para ir a conquistar el Virú. ¿Sabéis a que reino me refiero? Al fantástico país situado al sur de Nueva España.
-Marta está preciosa con el vestido de Fendi. el talle imperio la favorece. Pon los guantes largos negros.
-Yo los pongo -se adelanta Pablito-. Tardaré diez años en entrar en el virreinato más rico del Imperio español y necesito guantes.
-Deja los guantes -grita Mara-. Valentino Garavani los diseñó para una mujer.
-Toda la moda es unisex.

La directora de la revista "Miss" se desmaya. No pudo resistir a Pablito.

Thursday, May 03, 2007

Libertad de expresión

Doña Manolita no quiere oír hablar de una manifestación para protestar por la ampliación del colegio Miraflores. Dice que ella cree en la libertad de enseñanza. Ena también cree en la libertad, pero de expresión. Hoy viene como una pancarta móvil. El "yo amo la escuela pública" lo escribió en la minifalda, en la camiseta y en un sombrero de paja que no se quiere quitar.

-Pienso pasar los recreos delante de la puerta del Miraflores.
-Comportate, Macarena -le pide doña Manolita-. Recuerda que eres funcionaria. Has jurado la Constitución.
-La juré por imperativo legal.

A la hora del recreo, la profe chachi cruza la calle y se planta delante de la obra de ampliación del colegio Miraflores. Los obreros le silban. Ena les hace un corte de mangas. Los niños del privado imitan su corte de mangas. Practican el feo gesto. ¿Y aquel no es Pablito? ¡Claro que es! Saca de su mochila caramelos y los reparte entre los alumnos del privado. ¡Qué generoso! Ah... parece que de generosidad nada. Ahora cobra los caramelos regalados. Pablito non ha salido capitalista.

-¡Sophia!
-¿Qué ocurre, doña Manolita?
-Han llamado las monjas del Miraflores.
-Me lo imagino, doña Manolita. Ena le ha enseñado a sus alumnos bien a hacer cortes de manga con estilo proletario, y Pablito los está haciendo consumistas.

-Tráemelos aquí ahora mismo.

Obedecí a medias. Fui hasta el Miraflores, pero no les dije nada. Yo vivo y dejo vivir.

Wednesday, May 02, 2007

La ampliación del Miraflores

 Una mañana entera les llevó a los obreros derribar la cabaña de Pablito. El chaval hasta le había hecho cimientos. Hay que reconocer que como constructor no tiene precio.
 
 -Vas a tener que prestarme tu cuadro, profe Sophia. Necesito ingresos.
 -No será el cuadro del Cristo llorón el que te haga capitalista, Pablito. Lo vendí en eBay ayer.
 -Sin pedirme permiso.
 -¿Tenía que pedirte permiso?
 -Por supuesto. Yo soy el virrey de Mirasierra.
 -Pisa tierra, Pablito. Eres un alumno y yo soy tu profesora.
 -Tu novio se parece a Moztezuma.
 -¿Carlos? Creo que te equivocas. Mi chico se parece a Picasso.
 -¿Es pintor?
 
 Subí al BMW de mi chico y marchamos.
 
 -¿Mucho ruido con las obras, Sophia?
 -¿Las obras?
 -El colegio Miraflores se amplía. Alberto ha financiado un instituto y un internado.
 -¡Qué traidor!
 -Sophia, por favor...
 -Regresa. Tenemos que organizar una manifestación en defensa de la enseñanza pública.
 
 Carlos intentó acelerar. Lo pellizque. Nada. Le hice cosquillas. Seguía conduciendo a doscientos por hora por la M-30. Me dije: la ideología primero, y le aticé un bofetón con todas mis fuerzas. El BMW rozó un coche. Salió una vieja de una furgoneta.
 
 -¡Señoritos de mierda!
 -¡Calla vieja!
 -¡Maltratadora!
 
 ¿Maltratadora yo? Miré a Carlos. Su mejilla derecha estaba color grana, pero él sonreía. Por primera vez en mi vida me sentí culpable.



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Wednesday, April 25, 2007

El botín

Ilustración de Amadís de Gaula de una edición de 1533
 
  Doña Manolita está furiosa. Quiere abrirle un expediente a Pablito. La propiedad privada es un derecho constitucional, ¿entiedes, niño? Pablito dice que él, como los conquistadores, ha encontrado un botín. Le dará a doña Manolita la quinta parte de los beneficios. ¿Qué beneficios? Los que va a obtener vendiendo golosinas.
 
 La profe chachi se parte de risa. Pablito le dice que deje de ponerse la camiseta de ¡viva la escuela pública!
 
 -Ahora somos capitalistas.
 -Voy a llamar al psicólogo -dice doña Manolita-. Este niño está como una regadera al revés.
 
 El psicólogo llega en cinco minutos. Antes de que pueda dar un diagnóstico veráz, Pablito le recomienda el Amadís de Gaula.
 
 -Es un buen libro de caballerías, señor. Se publicó en el año 1.508. Muchos conquistadores de América lo leyeron en su día.
 
 -¿Qué trastorno tiene, doctor?
 -Doña Manolita, tenga paciencia. Tengo que analizar al niño con detenimiento. ¿A qué se dedican tus padres, joven?
 -Mi padre ama a una peluquera y mamá intenta ganarse la vida como modelo. Es muy guapa.
 -Te ha preguntado la profesión de tu padre.
 -Ya se la he dicho, doña Manolita.
 
 Pablito considera el amor una profesión. No anda muy equivocado. Amar ocupa mucho tiempo.
 



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Friday, April 20, 2007

La cabaña de Pablito

El cuadro despertó en Pablito el talento emprendedor. Ena alaba sus ideas. Yo creo que hace mal. A Pablito si le aplaudes, todavía hace trastadas peores.

-Es un niño muy ingenios. Lo de mojar la cara de Cristo con agua enjabonada estuvo genial. Todos tragando el "milagro" como tontos.
-No me lo recuerdes, Ena. Casi acabamos en una cárcel de Budapest.
-Sería una experiencia. Después escribías un libro y te forrabas.

No creo que a nadie le interesara la experiencia carcelaria de una profesora de instituto y modelo exclusiva de la revista "Miss".

Lo que sí interesa es la conversación de Pablito. Sus compañeros lo rodean en el patio. ¿Qué les estará contando? Hoy en clase nos contó su plan para acabar con la carestía de la vivienda. Debíamos comprar un terreno y plantar una casita prefabricada. Por sesenta mil euros teníamos casa. Los bancos podían ir echando el cierre.

-Sophia, ¿dónde está Pablito?
-¿Qué ha hecho, doña Manolita?
-Me acaban de llamar las monjas del Miraflores. Pablito ha construido una cabaña con maderas viejas en una esquina de su patio.