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Monday, March 31, 2008

El fantasma, 22



Quedo con Yolanda en la playa. Las olas vienen y van y vuelven, peleándose con las dunas artificiales. Arena de obra, oí decir no sé a quien.

Yolanda llega sin prisas. Me sorprende. Yo a esta Yolanda no la reconozco. Nuestra poeta era una mujer estilo reloj adelantado, siempre con prisas, siempre con una idea para poner en práctica.

-Mara ya está en Madrid -le digo a modo de saludo.
-¿Qué haces tú aquí, Sophia? Aquí no hay futuro. Vete. Vete y no vuelvas. Olvídate de Carlos.
-¡No! -grito-. No puedo olvidar mis sueños. No puedo.
-Carlos es una pesadilla, Sophia. No te merece. Déjalo en su mundo dorado, en un mundo que no es el tuyo, ni el mío.
-¿Cuál es nuestro mundo, Yolanda? -le pregunto.

Yolanda mira al Mara con sus ojos verdes-agua vestidos de frío, y responde:

-El fracaso. Nuestro mundo es el fracaso. Nos falta un padrino para prosperar.
-No nos hace falta, Yolanda. A mí no me hace falta un padrino, me sobro sola. Yo soy una mujer independiente.
-Sí, pero nunca podrás tener un trabajo que merezca la pena. Serás una modelo de tercera o una profesora de instituto. Y gracias a Dios que has aprobado unas oposiciones. ¿Qué sería de tu vida si no fueras funcionaria? Dime. Un cero a la izquierda. Barrerías suelos. Y hasta para fregar la mierda de los ricos te pedirían enchufe. ¿Cómo dicen?... Ah, sí, referencias. Esta ciudad es un asco. Aquí no hay futuro. Todas las puertas estarán cerradas para ti. Vete, Sophia, vete. Regresa a Madrid. Olvídate de Carlos. Y no vuelvas nunca.
-¿Es ese el fin que has escrito para mí?
-No pude escribir fin. Te di el trozo más bonito de mi vida. Te di mis sueños.

Yolanda se va después de entregarme su última cuartilla. Me siento en la balaustrada del paseo marítimo. Las olas vienen, marchan, regresan, me salpican. Yolanda cruza la playa desierta, la sigo viendo, lejos, cada vez más lejos, me parece verla desatando su trenza, soltando la melena al viento,... Sí, aquella melena en remolino es el pelo de Yolanda convertido en bandera de ella misma.

Mis manos acarician la última cuartilla. No quiero verla, no. No quiero leer el último párrafo ni oler el desaliento de Yolanda, porque su decepción con la vida es mi decepción.

Cruzo la calle y regreso al hotel. Un grupo de turistas ancianos hablan en la puerta. Me pregunto si yo acabaré mis días como turista de excursiones de viejos. ¿Seré viuda? ¿Soltera? Quizá me divorcie tres veces? No lo sé. El futuro es una incógnita sin despejar de la ecuación del presente.

El ascensor está estropeado. Un empleado del hotel se ofrece a acompañarme en el montacargas.

-Anda un poco averiado, señora.
-Deje, subo por las escaleras.

En el tercer piso hay obras. Un albañil coloca una ventana. me recorre un escalofrío la columna vertebral al ver a aquel hombre jugándose la vida. Mi padre hacía lo mismo. Siempre subido a un andamio, siempre con un pie en el baile del vacío. Y siempre el paro amenazando con visitarnos cualquier mediodía. ¡Maldita vida! Tiene razón Yolanda al enfadarse con el de arriba. El viejo de las barbas hizo un mundo muy injusto. Claro que en siete días no se puede hacer un paraíso con plazas para todo el personal.

El valor regresa a mí. Abro el bolso. Busco la cuartilla de Yolanda, la última, y leo:

Adiós.
Sólo adiós.
Miro tu espalda
y es un camino
que marcha en adiós.

Tus manos se alejan,
tu voz se calló,
los besos han muerto,
el amor se acabó.

Adiós.
¡Maldita palabra!
¿Quién la inventó?
Tú ya no contestas
porque eres adiós.

Abro el diccionario
y busco el adiós
con el dedo índice
como acusador.

Adiós.
Ya no lo aguanto
ni en definición,
arranco la página,
la rompo en adiós.

Adiós y has marchado.
Adiós, mi amor.
Adiós has dejado
en mi corazón.

Adiós.
Sólo adiós.

Doblo la cuartilla, busco un sobre y la guardo. Mañana se la enviaré a Carlos. Mañana, cuando esté en Madrid. Hoy necesito aire.

Salgo de mi habitación. En el pasillo la ventana está colocada. El albañil limpia los restos de cemento del suelo.

-¿Tiene hijos, señor? -le pregunto.
-Una hija. Es muy lista, ¿sabe? Está en la Universidad.

Me emocionó no sé por qué. Bueno, sí lo sé. Me emociono por el orgullo que se plasma en la voz del albañil cuarentón al hablar de la hija universitaria. Me emocionó por el orgullo porque la hija de aquel hombre verá un día sus ilusiones truncadas. No tendrá el trabajo que merece. Tampoco tendrá al hombre que ame. No es posible en este país nuestro que el amor entre la hija de un albañil y el hijo de la élite dirigente llegue a otro puerto que no sea el naufragio.

Vuelvo a mi habitación. Me dejo caer sobre la cama. Mañana estaré en Madrid. Mañana Carlos será una pesadilla. Mañana Yolanda seguirá escribiendo poesías. Mañana Mara vendrá a probarme la última moda para un reportaje fotográfico de la revista "Miss". Mañana volveré a abrir el chat. Mañana volveré a ser un nick en Internet. Mañana volveré a ser la reina del meetic. Mañana, sí, mañana. Todo volverá a empezar mañana.

Mañana es hoy, es este segundo que estoy viviendo, es este quiero y no puedo, es tocarme y sentirme Sophia. Sofía. Sofía L. Sofía Libertad. Sophia.

Sophia en inglés.

Sophia extranjera en mi yo, robándome el mí en el soy.

Sophia con una sonrisa.

Sophia secando mis lágrimas.

Sophia viviendo por mí.

Sophia pensando en mañana.

Sophia sin fin.

Sophia en presente continuo.

Sophia eterna.

Sophia.



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Monday, March 17, 2008

El fantasma, 21

 Pepa aflojaba los ganchos de las lámparas para que cayeran. Lo confesó cuando se vio descubierta.
 
 -No quería que te casaras con el hijo de doña Margot. Los matrimonios desiguales nunca me gustaron.
 -¿Pensaba matarme?
 -¿Por qué no? Según me contó doña Margot, no tienes familia. Nadie te buscaría.
 
 Suspiro aliviada por estar viva. Siempre pensé que mi vida era como una novela rosa, pero parece que tiene más de novela negra.
 
 Mara hace sus maletas y las mías.
 
 -Nos vamos, Sophia. En Madrid se vive mejor. Volveremos a abrir una revista de moda.
 -¿Eso dicen las cuartillas de Yolanda?, ¿qué volvemos a Madrid?
 -Olvídate del manuscrito de nuestra poeta, Sophia. Las escritoras son como las pitonisas: inventan tu vida futura. Si crees lo que te cuentan, te vuelves loca.
 -Acertó la muerte de tu novio, Mara.
 -Una inspiración. Pero no lo mató ella. Coincidió que Alberto tropezó con un cliente asesino y le dio matarile. Cosas que pasan. Arréglate, Sophia. El avión no espera.
 
 Pepa se ríe. La odio. Se le nota en la risa que tiene madera de asesina, aunque ahora intenta no ser asesina.
 
 -Procure no apoyarse en las mesas. Los jarrones tienen un mecanismo para saltar por los aires -me avisa.
 -Es mejor que quite esos mecanismos, Pepa. Puedes matar a tu señora por equivocación.
 -A doña Margot la protege Dios.
 
 Un overbooking nos impide marchar de La Coruña. Regresamos a la ciudad, porque Mara se niega a pasar la noche tirada en el suelo de la sala de espera del aeropuerto.
 
 -Necesito una cama.
 
 Yo necesito más explicaciones. Me toco. Soy una persona. Carne y hueso tocan mis manos. Yolanda se ha equivocado: no soy uno de sus personajes. Tengo que decírselo.



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Thursday, March 13, 2008

El fantasma, 20




Yolanda barre los cristales del jarrón roto.

-No soporto los cristales rotos -confiesa-. Me horrorizan. Ésto no estaba en el guión de la novela. Tampoco había pensado en matar a Alberto. Me caía mal el tipo, pero no para matarlo.

-¿Cómo lo mataste, Yolanda? -le pregunto.
-Alberto murió en Ankara a causa de un té. Lo envenenó un cliente de su empresa.
-¡Menudos clientes!
-En Turquía es costumbre que te inviten a un té caliente cuando llegas a una casa. El cliente turco de Alberto tenía motivos para matarlo.
-¡No me digas!
-Alberto le cobraba un 55% de interés por un microcrédito.
-¿Lo sabía mi chico?

Yolanda se enfada. No quiere que le llame "mi chico" a Carlos. Dice que me ha dejado, que sólo me quería para divertirse dentro y fuera de la cama.

-Será mío, Yolanda. Te juro que Carlos será mío con todos los cuños del Estado sobre el contrato de un matrimonio con separación de bienes.

La asistenta pasa por el pasillo con sus cubos rojos. Fregotea el suelo como si nunca lo hubieran fregado. ¿Qué líquidos echará esta mujer al agua? Un ataque de tos me deja débil.

-Yolanda, ¿qué va a ser de mí?
-No leíste tu final en mis cuartillas? -me pregunta.

Tiemblo. Mi final existe. ¿Será como el de Alberto? ¡Dios no lo permita! Morir envenenada no es nada glamuroso.

El gato vuelve a maullar, va detrás de Pepa arrastrando las patas por el parquet.

-¡Te voy a matar, gato! -chilla la asistenta-. Ya no me haces falta y te voy a matar.
-¡No! -grito-. Yolanda, por favor, no permitas el asesinato del gato en mi presencia. Cambia el fina que has escrito. No pongas fina, Yolanda, por favor. Déjame seguir siendo Sophia. Déjame amar a Carlos. Necesito amarlo. Y quieras o no, lo amaré siempre.

-Lo sé, Sophia. Tú amas como yo. Amas hasta emborracharte en el amor a un único hombre.

Mara se ha levantado. Me sorprende lo bien que ha aceptado el asesinato de Alberto. Ningún reproche. Vuelve a ser la Mara que conocía al frente de la revista "Miss": una mujer libre de amores.

-Es la asistenta la que tira las lámparas -nos dice-. La he descubierto.

Friday, February 29, 2008

El fantasma, 20

 Yolanda se fue. Marchó cerrando la puerta sin hacer ruido. Nos dejó el manuscrito par que buscáramos en él el por qué de nuestras vidas.
 
 -Tu amiga está de broma. Quiere ser famosa y ha escrito nuestras memorias -me dice Carlos, mientras Mara sigue leyendo, pasa las páginas buscando el rastro de Alberto.
 -No puedo vivir sin Alberto -repite.
 -Tú lo que no puedes es vivir sin dinero -grita Margot.
 
 Chillo. No la había oído entrar. La madre de mi chico estaba en Vigo. ¿Qué hace aquí?
 
 -He venido a impedir que te cases con Carlos -me dice, como si leyera mis pensamientos-. Mis abogados han anulado la inscripción de pareja de hecho. Vamos, hijo. Isaura de los Claveles será la madre de tus hijos.
 
 Carlos se va. Me dice adiós desde la puerta. Adiós. Sólo Adiós.
 
 Mara vuelve a llorar.
 
 -No llores, Mara. Por lo menos, tú eres viuda.
 -Te ha dejado, Sophia. Pobrecita.
 -¡No la compadezcas! -grita Yolanda desde la puerta.
 
 Me sobresalto. Nunca había oído a nuestra poeta gritar. Ahora baja la voz, la deja susurrante:
 
 -La compasión es el peor de los desprecios.
 
 Me estremezco. No, no quiero ser compadecida por nadie. Soy una mujer libre, lo era antes del abandono de Carlos, y lo sigo siendo. Siempre hice lo que me dio la gana.
 
 También el gato hace lo que le da la gana: maulla. Le pregunto a Yolanda qué le pasa al gato.
 
 -Los gatos son animales inteligentes, Sophia. Saben que la primera característica que tenemos los seres humanos es la traición. Traicionamos o nos traicionan.
 -No es lo mismo traicionar que ser traicionada -observo.
 -Es lo mismo, Sophia -insiste Yolanda-. Los traidores y los traicionados son los protagonistas de la traición.
 
 El gato vuelve a maullar. Cae el jarrón de la mesa del recibidor casi sin hacer ruido.



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Thursday, February 21, 2008

El fantasma, 19

 Mara vio a Alberto en el espejo del pasillo. Pasa la mano por el cristal como si ella fuera Santo Tomás y su novio un Cristo aparecido en cuerpo resucitado.
 
 -Estaba aquí, Sophia, aquí.
 -Voy a llamar una ambulancia -dice Carlos-. Tu antigua jefa está loca.
 -Es la casa, amor. Nos vuelve locos a todos.
 -Llamad a Yolanda -nos pide Mara-. Las poetas son personas muy sensibles para las cosas sobrenaturales.
 
 Yolanda llega sin prisas. La oímos subir las escaleras sobre sus tacones altísimos. Nuestra poeta sustituye las sesiones de gimnasio por sanas caminatas que incluyen escaleras, muchas escaleras.
 
 Mara corre a abrazarla, pero no la abraza. Sin duda, recuerda que a Yolanda no le gusta que la achuchen.
 
 -Alberto está en este espejo. Tócalo. ¿Notas vida?
 -Te has equivocado de persona, Mara. Necesitas una médium.
 -No, Yolanda, no. Necesito poesía. Todos necesitamos poesía.
 -Esta mujer está loca -dice Carlos-. ¿La oíste, Sophia? Ahora necesita poesía.
 
 El gato vuelve a maullar, enseña los dientes, levanta las patas y se lanza sobre el espejo. Sujetamos a Mara para que no se tire sobre el felino exaltado.
 
 -Va a matar a Alberto.
 -Alberto ha muerto, Mara. Lo mataron en Ankara.
 -¿Qué dices, Yolanda?
 -No llores por Alberto, Mara.
 -¿Cómo no voy a llorar? ¡Es mi novio! Lo amo. ¿Sabes lo que es el amor?
 -No. Escribo mucho de amores y desamores, pero no sé lo que es el amor. Sólo sé lo que es el dinero.
 -¿Dónde está el cadáver de Alberto? -pregunta Carlos-. Tenemos que enterrarlo, inscribir su defunción en el registro civil, mirar su testamento.
 -Y hacer justicia. Sin han asesinado a Alberto, los asesinos tienen que pudrirse en la cárcel -tercia Mara.
 -Eso -dice Carlos-. ¿Quién lo ha matado, Yolanda?
 -Lo maté yo.
 
 La miramos escandalizados. Yolanda, de pie, mira sus uñas sin pintar, bien limadas, no muy largas.
 
 -¿Qué dices, Yolanda? -pregunta una incrédula Mara-. ¿Cómo ibas a matar tú a mi novio?
 
 Yolanda abre su bolso, saca una carpetita, la abre. Allí están sus famosas cuartillas. Yolanda busca en el manuscrito una página y me la entrega. Sólo leo un número 108 subrayado. No quiero leer más. No, me niego. Tapo los oídos sin soltar la hoja de papel.
 
 -Vosotros no existís, sois un cuento -la oigo a través de mis oídos tapados.
 
 Carlos se ríe. Mira a Yolanda como un hombre de negocios miraría a la doncella de la casa de sus padres.
 
 -Claro que existimos, mi niña. Yo soy un empresario, el mejor empresario de Galicia; llegaré a ser el Amancio Ortega de las finanzas gallegas.
 
 El gato vuelve a maullar con rabia, enseñando los dientes.
 
 -Nos va a atacar -dice Mara-, pero es igual. Sin Alberto no quiero vivir.
 
 No entiendo nada. Mara ha dejado de llorar. Es una viuda sin lágrimas. Yolanda sigue mirando sus uñas.



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Tuesday, January 29, 2008

El fantasma, 18

 Quien regresa es el gato. Carlos le abre la puerta como a un hijo pródigo.
 
 -Es el gato de la madre de Alberto -se justifica-. No lo podemos echar de casa.
 
 El gato se sienta sobre los pies de Mara, callado, sin enseñar los dientes ni mover los bigotes felinos. Parece un gato doméstico, pero lo conocemos, sabemos que es un animal con conexiones con la ultratumba.
 
 -¿No te pesa el gato, Mara?
 -No, Sophia. Déjalo estar sobre mis pies. Me los calienta.
 
 Empiezo a preocuparme por la salud mental de Mara. Una viuda blanca sin muerto acaba loca. Lo leí en algún sitio, no recuerdo dónde; quizá en alguna revista con sección de consejos médicos, no sé.
 
 Pepa, la asistenta, perfuma la casa con un fregado de suelo. Los líquidos de limpieza ahora los hacen con mucho perfume para dar sensación de limpieza olfativa con un cambio de aroma.
 
 Carlos estornuda una vez, dos, tres,... sigue estornudando. Me asusto. Nunca le había oído más de dos estornudos seguidos.
 
 -¿Qué te ocurre, amor?
 
 Se suena ruidosamente. ¿Será asmático?, ¿o alérgico al líquido de limpieza? Se lo pregunto.
 
 -Nadie es alérgico a la limpieza, niña -dice la asistenta-. Esta casa daba asco. Tiene razón doña Margot: no vales para ama de casa.
 -No quiero ser ama de casa, señora. Me conformo con se la ama de Carlos.
 -Mírala... Ama y esclavo. Esta sociedad española está podrida.
 
 Me sonrojo. ¿Está insinuando que practicamos sado? ¡Por favor!
 
 Quien no insinúa es el gato; maulla descaradamente.
 
 -¡Acabo de ver a Alberto! -chilla Mara.



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Tuesday, January 22, 2008

El fantasma, 17

 Alberto no aparece. La Interpol quiere dar el caso por cerrado. Si no aparece tras sus investigaciones, es que se ha suicidado tirándose al mar.
 
 -Tiene que aparecer, Sophia -insiste Carlos-. Mi socio ha invertido mucho dinero en la empresa.
 
 Mara gimotea sentada sobre la alfombra del salón. Alberto también ha invertido mucho dinero en ella.
 
 -Me ama, Sophia. Es el único hombre que me ama.
 -Puedes buscar otro novio, Mara.
 
 La que fuera directora de la revista "Miss" dice que es imposible encontrar un hombre como Alberto: guapo, elegante, caballeroso,... No dice millonario. Los millones son el único atractivo que tiene Alberto; en lo demás no se diferencia del común de la especie masculina.
 
 -Ankar es una ciudad bastante segura -reflexiona Carlos-. Dudo que lo hayan secuestrado.
 -Alberto va siempre vestido de Armani -le recuerdo-. Los secuestradores suelen pillar a gente bien vestida.
 -Dices tonterías, Sophia -interviene Mara-. Secuestran a los ricos, vayan bien vestidos o no.
 
 Los secuestradores no llaman. Mi chico telefonea a la hermana de Alberto.
 
 -¡Menuda hermana! -suspira cuando cuelga-. Quería saber si Alberto estaba muerto.
 
 Mara vuelve a llorar, estropeando otra vez su maquillaje retocado. Pienso que vale para viuda. Es una pena que no se hayan casado. Mara le brindaría al muerto un entierro de otros tiempos, con mucha lágrima y algún desmayo.



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