
-¡Carlos! ¿Qué hacen estos niños aquí?
-Dicen que ésta es su habitación.
-Si no lo es ya se han metido en las camas.
-Es igual, Sophia. A nosotros no nos servían. Hasta para ti eran muy pequeñas.
-Pero los colchones unidos en el suelo nos hacían un improvisado lecho amoroso.
-Yo dormiré sobre la alfombra.
-Primero llevaré a los críos con los padres. Son los niños de los hosteleros.
-Esta es mi camita -dijo el chiquillo rubio.
-Parecen Zipe Zape -observó Carlos.
-¿Me vas a contar el cuento de Caperucita? -me pregunto el morenito.
-No, cariño. Yo no soy tu madre.
-¿Vais a dormir en el suelo?
Una sirena de policía traspasó las paredes de piedra. Era la Guardia Civil. Entraron en el hostal.
-Deben buscar a algún terrorista -le susurré a Carlos.
En el pasillo los huéspedes comentaban la desaparición de dos niños.
Iba a decir que los niños estaban en nuestra habitación pero Carlos me tapo la boca. Aquello había que arreglarlo.
-No digas nada, Sophia. Nos pueden acusar de secuestradores de niños.
Tenía razón. Regresamos a nuestro cuarto. Yo iba dispuesta a hablarles de lobos, caperucitas, bellas durmientes y todas las madrastras del mundo. No fue necesario. Las réplicas de Zipi Zape dormían a pierna suelta.
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